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Reflexión

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La vida cotidiana de cada parroquia varía grandemente dependiendo de su entorno cultural y de sus necesidades particulares. Pero lo que cada parroquia si tiene en común es la celebración de la Eucaristía Dominical, en el Día del Señor. La Eucaristía Dominical es donde todos los miembros de la parroquia nos reunimos domingo tras domingo. Es en la Mesa de la Palabra y en la Mesa de la Eucaristía donde se nutre la comunidad de fe. Aquí nos fortalecemos para enfrentar los retos, problemas y dificultades, así como para compartir nuestras alegrías con los demás, aprovechando al mismo tiempo todas las oportunidades para expandir el Reino de Dios. Es por medio de nuestra voz, el canto, el símbolo y el gesto que se une nuestra acción de gracias y alabanza a la ofrenda y sacrifi- cio perfecto de Cristo en la Cruz.

El domingo: Día del Señor Desde la época de las primeras comunidades, cada domingo, Día del Señor, nos congregamos como cristianos para mantener viva la memoria de la muerte y resurrección del Señor. La Eucaristía hace sacramentalmente presente el misterio vivo de la Pascua del Señor, en su paso de la muerte a la vida. Por medio de nuestra participación en la Misa compartimos de una manera única en la Pascua del Señor: morimos y resucitamos con Cristo. Por eso y con mucha razón, la Iglesia nos enseña que la Eucaristía es la fuente y cumbre de la vida de la Iglesia. El Santo Pontífice nos invita a renovar nuestra admiración frente a este gran don de Dios a la humanidad. Es tan importante la celebración litúrgica en nuestra vida cristiana, que la Iglesia siempre ha tenido gran cuidado como la liturgia es celebrada. Aunque las palabras y forma de la liturgia han variado de época en época, las partes esenciales de la liturgia han permanecido igual a través de los siglos. El Concilio Vaticano Segundo (1962–1965) instituyó un número de revisiones al Misal Romano con el fin de realizar cambios para ayudar a los católicos a celebrar la liturgia más profundamente. Después del Concilio, se realizó un gran esfuerzo por catequizar a todos los fieles sobre el significado de la liturgia y de todas las revisiones.

Desde entonces, una generación completa de católicos ha crecido con la liturgia que celebramos domingo tras domingo, semana tras semana y de estación en estación. Si tomamos una pausa para reflexionar en el tiempo desde que el Concilio Vaticano llevó a cabo estas revisiones y cambios en la liturgia, puede ser que tengamos que admitir que esos cambios parecen haber pasado desapercibidos para algunos. En otros casos, podemos ver que en algunas comunidades parroquiales, ciertas cosas no muy apropiadas se han mezclado en la celebración Eucarística. Sin embargo, nos encontramos en un buen tiempo para reflexionar y profundizar sobre este aspecto tan importante para la vida católica de la comunidad.

Es importante apreciar la oportunidad que se da a toda la Iglesia para reflexionar sobre estas revisiones en la celebración de la Misa. Al mismo tiempo, da la oportunidad a cada parroquia de considerar la siguiente pregunta: “¿Es claro para la comunidad parroquial que la celebración de la Eucaristía es lo más importante que llevamos a cabo en toda la semana?”