El episodio del evangelio de este domingo (Marcos 12, 28b-34) nos presenta un diálogo amable entre un escriba simpatizante de Jesús y el Maestro. El escriba, desde la admiración que siente hacia Jesús quiere que él le ayude a clarificar la jerarquía de los seiscientos trece mandamientos con los que los fariseos pretendían asegurar la obediencia total a Dios: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Jesús sintetiza la ley entera en dos mandamientos: el amor a Dios y el amor a los hombres. El punto focal, pensamos, está en el amor en estas dos direcciones.
En la Antiguo Testamento el amor es la actitud de Dios para con Israel, la revelación de Jesucristo nos lleva a ser conscientes de que amor es la actitud de Dios para con cada ser humano.
Desde esta perspectiva se puede comprender la Ley como expresión de la voluntad de Dios llamándonos a corresponder al amor. Al sintetizar Jesús todo el andamiaje legal en un único amor en dos direcciones nos está invitando a dejar ver lo más noble y profundo de nuestro propio ser.
En su respuesta al escriba Jesús cita un texto del libro del Deuteronomio (6, 4-5) que principia por recordar la unicidad de Dios: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor» y a partir de esta unicidad reclama un amor pleno.
En la respuesta de Jesús citada por Marcos esta plenitud se expresa con una frase de cuatro elementos: 1) todo tu corazón, 2) toda tu alma, 3) toda tu mente y 4) todo tu ser. El sustantivo ‘corazón’ hace referencia a la intimidad de la persona; ‘alma’, a la vida entera; ‘mente’, a la lucidez; y ser, a todas los elementos disponibles, tanto intelectuales como materiales.
Es muy sugerente que mientras que en la citación de Jesús hay cuatro expresiones de la plenitud del amor a Dios, en la aseveración del escriba esta misma plenitud se exprese a través de tres elementos porque engloba ‘alma’ y ‘mente’ bajo el término ‘entendimiento’. Comprendemos que ‘el amor con todo el entendimiento’ lleva al discípulo a discernir y concluir que el amor «vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús sintetiza la Ley en el amor a Dios y al prójimo, pero es importante fijarnos que este amor, que como hemos dicho es la actitud de Dios hacia el ser humano, antes tuvo que haber sido experimentado como amor a uno mismo. Quizá en tiempos pasados no se le prestó atención al ‘amor a uno mismo’, e incluso se vio como un riesgo que le impediría al discípulo salir de sí mismo, como propone Jesús.
El amor a uno mismo es el fruto de captar y acoger sinceramente la actitud de Dios hacia la propia persona, es percibir la gratuidad de la vocación a la existencia.

