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#EvangelioDominical  - Solemnidad de la Epifanía del Señor

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Esta fiesta solemne de la Epifanía es más conocida como la de los Reyes magos. 

Esta fiesta solemne de la Epifanía es más conocida como la de los Reyes magos. Epifanía quiere decir manifestación, en este caso, de Dios a todos los pueblos de la tierra a través de estos hombres, “unos magos de oriente”, según dice el Evangelio de San Mateo. Jesús, recién nacido, se deja ver de quienes no pertenecían al pueblo de Israel y ellos lo adoran al reconocer en Él al Dios con nosotros. Con este acontecimiento, Jesús comienza a cumplir su misión universal, pues ha sido enviado para todos los hombres y mujeres de todos los lugares y tiempos de la historia. A lo largo de los cuatro evangelios, son varias las ocasiones en que Jesús tiene oportunidad de manifestarse a quienes no son del pueblo de Israel y de ser identificado claramente por ellos. Incluso, al morir, es un soldado romano el que confiesa abiertamente: “Verdaderamente este era hijo de Dios”. La Epifanía, pues, tiene como sentido central el que Dios, en Jesús, se haga presente para todos los pueblos de la tierra.

Ahora, este Jesús recién nacido, es buscado como una luz, una estrella que guía a los magos de oriente. El profeta Isaías, en la primera lectura de este domingo (60, 1-6), ya había pedido a Jerusalén que se levantara porque llegaba su luz. El Dios que se manifiesta universalmente aparece en Jesús como luz para las naciones y Él mismo, en su misión se presentará como luz del mundo. El antiguo pueblo de Israel y en él las gentes más sencillas y desposeídas, siempre esperaron que el Mesías fuera precisamente alguien que les trajera una luz de esperanza y redención. Muchas fueron las ocasiones en la historia del pueblo elegido en que se vieron envueltos en tinieblas por las deportaciones, por la esclavitud, por el despojo. Pero, sobre todo, ellos mismos reconocieron muchas veces que su principal oscuridad se originaba siempre en el alejamiento de Dios, en el desatender su Palabra, en la idolatría y, en general, en el pecado. Que Jesús sea presentado por medio de una estrella y que Él se diga luz del mundo, hace perfecta consonancia con la enseñanza del Antiguo Testamento y con las esperanzas mesiánicas del pueblo judío.

De la forma como Jesús es manifestado a los magos de oriente, a estas personas que llegan de más allá de las fronteras de Israel, surge una primera tarea para la Iglesia, cuerpo místico de Jesús, el Cristo, el Mesías. Esa tarea no es otra que la de anunciarlo sin cesar a todos los pueblos y naciones de la tierra. La Iglesia existe para evangelizar, decía el Papa Pablo VI. Y el Papa Francisco ha dicho repetidamente que la Iglesia debe vivir siempre en salida. San Pablo se advertía a sí mismo: “Ay de mi si no anuncio el Evangelio”. Esta es la dimensión misionera de la Iglesia y de la cual no se puede escapar ningún bautizado. Todo el que ha recibido la gracia de ser hijo de Dios, heredero de los bienes del Reino, está llamado a unirse a la misión, no solo de la Iglesia, sino del Mismo Jesús, y que consiste en anunciar la salvación de Dios a todas las gentes. En los tiempos actuales, aparentemente difíciles para el anuncio del Evangelio, la Iglesia y cada uno de sus miembros, están llamados a abrirse al Espíritu Santo que siempre encuentra nuevas formas de comunicar la gracia a los oyentes. Pero se requiere también la disponibilidad para la misión y la inteligencia para provechar tantas y tantas oportunidades que Dios va ofreciendo para que Él sea anunciado, conocido y adorado.

La segunda tarea que surge de esta bella solemnidad de la Epifanía tiene que ver con la forma de ser cristianos en el mundo. La Iglesia y cada bautizado, están llamados imperativamente a ser luz para el mundo y esto será posible en la medida en que ambos estén llenos de la gracia de Dios y sean manifestación de su amor y su misericordia. Los cristianos no pueden quedarse en ser quienes siempre tienen en su boca una denuncia acerca del pecado y la injusticia. Tienen que ser capaces de convertirse en portadores de luz, de sentido, de alegría para quienes los escuchan y ven y, quizás, en primer lugar, para ellos mismos. La fe vivida y transmitida debe causar alegría en las personas, debe ser causa de gloria y alabanza a Dios, como sucedió con los pastores que llegaron al pesebre. Al mismo tiempo y cada vez con más empeño, al cristiano le corresponde la tarea de no dejar que las tinieblas, la oscuridad, la fuerza del pecado y la muerte, contaminen su vida ni la de los demás.

Una Iglesia que anuncia, que hace su misión, unos bautizados que comparten su fe con palabras y testimonio, hacen que la Epifanía de Dios, su manifestación, se siga dando cada día para muchas personas.