En la tradición litúrgica, junto con la adoración de los sabios de Oriente y el bautismo por Juan en el río Jordán, las bodas de Caná es un episodio de epifanía de Jesús; vestigio de ello se encuentra en las antífonas a los cánticos evangélicos de la Liturgia de las Horas en la solemnidad de la Epifanía.
En la distribución de las lecturas para la misa del domingo –leccionario dominical– las bodas de Caná quieren ser el prólogo de la historia de Jesús en el evangelio según San Lucas, que estaremos leyendo los domingos de este año.
La Biblia acude en varias ocasiones a la imagen del matrimonio o de la relación íntima varón / mujer como metáfora para expresar la revelación de la Alianza de Dios con el pueblo de Israel, de Dios con la humanidad o de Cristo con la Iglesia, que es el caso de las bodas de Caná.
Dentro de esta tradición nupcial bíblica se incluye el episodio del evangelio de la misa de hoy (Juan 2, 1-11). Al inicio de la narración el evangelista introduce al lector en unas bodas, pero no solo omite los nombres de los contrayentes, sino que en el relato el novio aparece únicamente en un oscuro tercer plano; la novia ni se menciona. Introducido en el relato de unas bodas, el lector tiene que indagar a partir de la información suministrada quiénes son los contrayentes.
El relato, después de mencionar la celebración de una boda, precisa que Jesús y sus discípulos estaban invitados a la boda, y concluye el mismo relato diciendo que los discípulos creyeron en Jesús. Aparece claro que el propósito de la narración es contar cómo los discípulos han llegado a creer en Jesús, ¿no será el establecimiento de la alianza entre Jesús y los discípulos el sentido de la narración? El evangelista, con este relato, quiere que el lector concluya que las bodas a las que están invitados Jesús y sus discípulos es la alianza entre el Maestro y los discípulos.
Desde este punto de vista el interés de la escena se desplaza hacia el proceso del establecimiento de la Alianza entre Jesús y sus discípulos. Ellos se volvieron ‘creyentes’ por el hecho de ser testigos del «primero de los signos que realizó Jesús». Una traducción más literal del texto griego afirma que ‘Jesús realizó [este] el primer signo que manifestó su gloria y los discípulos vieron y creyeron en Él’. Es decir, los discípulos ‘vieron el signo y creyeron’. El binomio ‘ver y creer’ se encuentra en varios lugares del evangelio según San Juan, el más recordado en la manifestación del Resucitado a Tomás (Juan 20, 29).
El jefe del servicio fue testigo de primera línea de un vino nuevo, pero del jefe del servicio no se dice que creyó, sino que, al no saber de dónde procedía el vino nuevo, se halló ante una irregularidad –todo el mundo / tú, en cambio–. Contrariamente, de los sirvientes el relato dice que ellos sí sabían de la procedencia del vino nuevo y esto porque habían sido fieles a lo que Jesús les había dicho; esto es, por su obediencia a la palabra de Jesús (oír y hacer: Hagan lo que Él les diga). El relato da para pensar que estos sirvientes, por obedecer a la palabra, terminaron participando de la Alianza, es decir, terminaron siendo discípulos de Jesús.

