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#EvangelioDominical  - De pescador a discípulo (10 de febrero)

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El evangelio de hoy (Lucas 5, 1-11) tiene dos partes, en la primera el evangelista ofrece un resumen de la actividad de Jesús, en la segunda refiere la llamada de Jesús…

Las primeras frases del texto nos enlazan con lo leído los domingos anteriores acerca de la actividad profética de Jesús; luego del fracaso entre los nazarenos, Lucas da cuenta del éxito de la predicación de Jesús: la multitud acude a Jesús.

Este éxito manifiesta que las personas que lo rodean han descubierto que la enseñanza de Jesús viene de Dios: «la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios». Dios habla a través de Jesús, esto quiere decir que la multitud escucha de labios de Jesús el plan de vida que Dios ofrece al ser humano y al mismo tiempo es consciente de que Jesús suscita esta vida.

La actividad de Jesús requiere ahora de un lugar, entonces Jesús «vio dos barcas que estaban a la orilla (…) Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón». Este ‘ver’ de Jesús en la primera parte, resuena en el ‘ver’ de Simón que resulta definitivo en la segunda parte. La vocación comienza a ser realidad en la convergencia de dos miradas.

En la segunda parte del evangelio de hoy, Lucas refiere la vocación de los primeros discípulos. El ministerio de Jesús como profeta pasa ahora del contexto de la multitud al grupo de los pescadores, ahora la palabra de Jesús propone a Simón llegar hasta aguas profundas: «Rema hacia mar adentro».

En la respuesta de Simón –«Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes»– se manifiesta de nuevo el plan de Lucas: fe e historia, esto es, palabra de Jesús y experiencia humana. Aquí es preciso reconocer la palabra de Jesús como expresión del profeta y apreciar que en la respuesta de Simón se manifiesta la tensión entre fe e historia. Simón habla a partir de su experiencia de hombre que domina la faena de la pesca pero, igualmente hombre que está abierto a acoger la palabra profética que lo invita a mirar la historia desde otra perspectiva.

Esta tensión entre la experiencia del pescador y la actitud del discípulo que acoge la palabra profética se resuelve cuando Simón –que ahora es llamado en el texto Simón Pedro– ve. Quien es el patrón de la barca acoge la palabra del Maestro y pasa a ser discípulo: «Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús».

Esta mirada de Simón Pedro es la mirada de un discípulo, de un creyente, y esta mirada precisamente conlleva el reconocimiento de la pequeñez del hombre ante el misterio: «Señor, apártate de mí que soy un hombre pecador». Más que mirar hacia un pasado de posibles faltas, aquí Simón Pedro está confesando lo limitado de la condición humana y por ello precisamente implora clemencia. Se abre entonces la realidad de salvación que se manifiesta en la misma existencia del hombre y de ahora en adelante no podrá seguir viviendo de la misma manera como lo ha hecho hasta hoy.