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#EvangelioDominical -  Comenzar a ver las cosas de otra manera

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La vocación y misión de Juan, hijo de Zacarías, orientan nuestra reflexión de este domingo en el sentido de entender la vida cristiana como un permanente éxodo. 

La vocación y misión de Juan, hijo de Zacarías, orientan nuestra reflexión de este domingo en el sentido de entender la vida cristiana como un permanente éxodo. La experiencia de fe del pueblo de Israel estuvo marcada por la liberación de la esclavitud de Egipto, aquel acontecimiento salvífico inspira la liturgia del segundo domingo del Adviento cristiano.

Comencemos por la oración colecta de la misa, este texto asume el Adviento como la situación del caminar presuroso de la comunidad cristiana hacia el encuentro con el Señor, sin embargo, desde esta imagen se advierte también el riesgo de llegar a perder el horizonte, por eso la oración pide que la presencia anticipada –sacramental– de Jesucristo «nos haga partícipes de la ciencia de la sabiduría celestial» para que no tropecemos en impedimentos terrenos.

Dios se acuerda de nosotros y por ello nos estimula con su gracia para que salgamos de nosotros; este amor de Dios en nosotros, al ir creciendo mediante la oración y la vida sacramental, nos va haciendo participar del conocimiento de Dios. Participar del conocimiento de Dios quiere decir comenzar a ver las cosas de manera diferente a como el mundo nos tiene acostumbrado a verlas. Este cambio de visión ocurre en quien está siendo transformado en su intimidad por el amor de Dios.

El discernimiento cristiano está precedido de una sensación de inconformismo, fruto de haber comenzado a ver las cosas de otra manera y esto, al ser obra de Dios, trae consigo una actitud de conversión que afecta a toda la persona. En el evangelio de la misa de este domingo (Lucas 3, 1-6) podemos reconocer esta experiencia cristiana a través de la vocación y misión de Juan Bautista. El evangelista sitúa esta vocación y misión en un contexto bien preciso señalado por el dominio del imperio romano, la hegemonía de Tiberio y de Poncio Pilato, y el tiempo del sumo sacerdote Anás (y Caifás).

En ese ‘orden’ Dios actúa, mas no con intervenciones portentosas, sino dirigiendo su palabra a Juan, hijo de Zacarías. Dios habla y elige un mediador en el desierto, el profeta que recorre el país llamando a todos a la conversión. La conversión es acción de Dios en lo íntimo del ser humano. Juan Bautista provoca a los hombres a salir, a no conformarse con lo que se está viviendo. El profeta invita al éxodo.

La conversión y el bautismo que propone Juan son una decisión personal, más la invitación al éxodo es la manera como Dios actúa en el corazón; pero ya antes Dios ha preparado a cada uno, mediante la fe inicial, para acoger su palabra como acontecimiento salvífico. Él, comunicándonos previamente su amor, nos ha dispuesto para ver las cosas de otra manera y para dejarnos transformar por su amor; el profeta tiene la misión de despertar este amor inicial que hay en cada corazón humano y estimular de este modo la respuesta personal.

Entonces se comienza a hacer camino, mediante el discernimiento cristiano el discípulo va reconociendo y recorriendo un camino de libertad, de liberación «y toda carne verá la salvación de Dios».

«Que, en nuestra marcha presurosa al encuentro de tu Hijo, no tropecemos con impedimentos terrenos, sino que Él nos haga partícipes de la ciencia divina».