… Y añadió:
“Yo les aseguro que ningún profeta
es bien recibido en su pueblo”
( Lucas 4, 21-30 )
Nazaret era una aldea pequeña, perdida entre las colinas de Galilea. Todos conocen allí a Jesús: lo han visto desde niño jugar y luego adulto trabajar entre ellos. La humilde sinagoga del pueblo está llena de familiares y vecinos. Allí están sus amigos y amigas de la infancia.
Cuando Jesús se presenta ante ellos como enviado por Dios para los pobres y oprimidos, quedan sorprendidos y admirados. Su mensaje les agrada, pero no les basta. Piden que haga entre ellos las curaciones que, según se dice, ha realizado en Cafarnaún. No quieren un profeta de Dios, sino una especie de curandero que dé prestigio a su pequeña aldea.
Jesús no parece sorprenderse. Según todos los evangelistas, pronuncia un refrán que quedará muy grabado en el recuerdo de sus discípulos: Yo les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su pueblo. Según Lucas, la incredulidad y el rechazo de los vecinos de Nazaret va creciendo. Al final, se llenaron de rabia y lo echan fuera del pueblo.
El refrán de Jesús no es una insignificancia, pues encierra una gran verdad. El profeta es una persona que hace presente la verdad de Dios, pone al descubierto nuestras mentiras y cobardías, y llama a todos a un cambio de vida. No es fácil escuchar su mensaje. Resulta más cómodo echarlo fuera y olvidamos de él.
Los cristianos decimos cosas tan admirables de Jesús, que, a veces, olvidamos su dimensión de profeta. Lo confesamos como Hijo de Dios, Salvador del mundo, Redentor de la humanidad, y pensamos que, al recitar nuestra fe, en el Credo, ya lo estamos acogiendo. No es así. A Jesús, Profeta de Dios, le dejamos penetrar en nuestra vida, cuando escuchamos sus palabras hasta dentro, nos dejamos trasformar por su verdad y seguimos su estilo de vida.
Esta es la decisión más importante de nuestro corazón: o acojo la verdad de Jesús o la rechazo. Esta decisión, oculta a los ojos de los demás y sólo conocida por Dios, es la que decide el sentido de mi vida y el acierto o desacierto de mi paso por el mundo.
Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.
Canónigo Catedral Primada y Párroco San Luis Beltrán
